lunes, 17 de enero de 2011

Venezuela en una triste reflexión

Quizá este sea el país con más recursos y con más bendiciones del planeta. La belleza sub explotada de cada rincón de este país sería, de haber sido bien administrada y pensada, un potencial infinito para el turismo, sin contar con los incalculables espacios fértiles para la autosuficiencia alimentaria, o los recursos no renovables como los hidrocarburos. Sin más, es una tierra sobresaliente.

Sin embargo y como todo no puede ser perfecto, la tan celebrada venezolanidad, buena para muchas cosas, pero catastrófica para otras, se hace patente en la manera en que, entre muchas otras cosas, están los dirigentes políticos llevando al país (tanto los de gobierno como los que lo adversan).

Pero no es algo nuevo. Esta forma de comportarse, esta manera aparatosa e irracional y en ocasiones hasta carente de moral, se encuentra presente en episodios de nuestra historia, más allá de los períodos contemporáneos. Tal es el caso de aquellas lamentables palabras pronunciadas por Antonio Leocadio Guzmán, el cual, demostrando solo una destacable tenacidad por llevar la contraria, más allá de defender un ideal, declaró públicamente en pleno Congreso de 1867, “No sé de donde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la Federación, cuando no sabe lo que esta palabra significa: esa idea salió de mi y de otros que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de Federal, invoquemos esta idea; porque si los contrarios hubieran dicho Federación, nosotros hubiésemos dicho Centralismo”.

Cualquier parecido con la actualidad, no es coincidencia. Saque cada quien sus conclusiones.