jueves, 29 de julio de 2010

Cambios



Por lo visto, nada dura para siempre. No importa la voluntad o la fuerza que se ejerza.

Si hay algo que no cambia en la naturaleza, es que todo se basa en cambios. Y nosotros, simples mortales, no podemos hacer nada para evitar que sea de está manera.

Pero la buena noticia, es que los cambios no tienen por qué ser necesariamente malos. Los cambios no son otra cosa que una mutación de la condición actual, por otra distinta, sea buena o mala. Pero incluso, en una mala, es posible sacar partido de ellas. Jugar con las variables, manipularlas con habilidad, permite que algo que en un comienzo aparentaba ser un desastre, se convierta en algo que termine moviéndose a nuestro favor.

Aún así, animales de costumbre como somos, nos mantenemos firmes en nuestra convicción de rechazar los cambios, como sí de algo malo se tratase, sea cual sea la situación. Somos así, aunque también eso es algo que, con un poco de trabajo, se podría lograr cambiar.

Algunas oportunidades o circunstancias que generan los cambios, son deseadas y propiciadas por nosotros mismos. Por ejemplo, una pareja decide unirse en matrimonio y deja sus vidas de solteros por una de casados. Eso es algo programado y buscado. Es un cambio deseado. Y como no, el suceso imprevisto, del que ninguno estamos exentos de sufrir, que nos lleva, sí se quiere a la fuerza, a consumar algunos cambios. Una enfermedad repentina, una pérdida de trabajo, etc. Aunque también hay cambios imprevistos que son positivos. Quizá oportunidades únicas, que se toman o se dejan pasar, y son como trenes que llegan, se van y no regresan. Se toman o no se toman, aunque eso va más allá del cambio, pues se trata de toma de decisiones, y eso, da para un tema aparte por sí mismo.

Es mi opinión particular, que le tememos a los cambios porque abandonamos la seguridad de hacer lo que siempre hacemos y que entendemos cómo manejar con la experiencia adquirida. Realizar nuevas experiencias, llevar a cabo nuevos retos, sean propiciados o no, nos trasladan a un punto donde no conocemos los posibles resultados y estamos desnudos ante la posibilidad de un eventual fracaso.

Sea como sea, los cambios llegarán. Podemos renegar de ellos, pero la realidad que traen nos arropará. Así que, mejor es estar preparado para afrontarlos y en caso de que sea necesario, asumirlos con la justa dosis de humildad requerida.